Stig Dagerman, le romancier suédois plus remarquable du siècle passée, travaillait comme journaliste et visitait l’Allemagne en 1946, pendant la pire période de l’histoire du pays; plusieurs articles furent publiés au journal Expressen et après édités sous le titre Tysk Höst (Automne allemand).
C’étais probablement la raison pour prendre ce livre à la bibliothèque il y a deux ans sans connaitre l’écrivain. Le roman a éveillé mon intérêt, mais pas de telle manière pour le finir. Presque oublié l’Automne Allemagne, j’écoutais par hasard une interview avec toi le 27 de juillet de 2011 sur la RN d’Espagne. Je ne sais pas si c’était ta reconnaissance en Allemagne ou ton facilité pour t’exprimer avec des idées claires sur la matière qui a attiré mon attention et j’ai trouvé deux livres a la bibliothèque de mn village: Los Amantes Tristes et Otoño Alemán. Ces Pauvres Amants est un chef-d’њuvre à couper le souffle, mais on lit ce roman trop vite pour retenir longtemps. Le rythme de L’Automne Allemand est plus posé et la relation entre les personnages tellement compliqué, comme une pièce de théâtre sur les différences raciales, culturelles et de classe sociale de 4 étudiants en cours de changement. Il y a des lecteurs critiques que ne trouvent pas ton quatrième roman assez clair, même avec des erreurs grammaticaux. Plus intéressant soit la comparaison entre les jeunes allemands pendant la Deuxième Guerre Mondiale et peu après la chute du mur de Berlin. Les temps ont changé, mais les personnes sont presque les mêmes.
En somme, les divagations philosophiques sont vraiment révélateurs, et le final est bien coordonné, mais trop clair selon mon goût. Au fond il s’agit donc d’une des romans espagnols plus brillants du début du XXIe siècle.
Todas las mañanas, nada más salir el sol, antes de participar en las excursiones me iba a las ruinas de Palenque a admirar los murales. Un día me encontré con un mexicano medio indio que se ofreció de guía. No lo consideré necesario, pero el desconocido insistía tratando de demostrar sus conocimientos. Me habló entre otras cosas de la zona arqueológica de Bonampak, pero allí sólo se podía acceder mediante una avioneta. Se lo comenté a Pierre que enseguida pidió más datos. Brigitte consideraba que era una locura hacer semejante desplazamiento a la selva virgen para ver unos murales. Alphonse dijo que se sentía pesado, que había comido demasiado durante los últimos días y necesitaba descansar. Pierre nos comentó luego que era una excusa de ambos, porque en el fondo tenían fobia a las serpientes, y un miedo especial a pisar terrenos apenas explorados por el ser humano. Yo seguía interesado y Jade debería acompañarnos como guía, pero ella se empeñaba en que no podía ir sola. El caso es que se fiaba de nosotros, pero no soportaba las previsibles habladurías del personal del hotel. Era por tanto imprescindible que viniese otra mujer y finalmente convencimos a Magali para que nos acompañase.
Fue un vuelo impresionante sobre un verde continuo que a veces contrastaba con el azul de las lagunas y anillos de fango rojizo alrededor de las zonas acuíferas. Parecía que íbamos destinados al paraiso, hasta que el piloto empezó a bajar el avión por una de los lugares más anodinos de la selva virgen denominada El Cedro. Nada más aterrizar fuimos rodeados por un grupo de hombres salvajes y niños de pelo negro y largo. Todos vestían la misma túnica de algodón de color ocre claro. La mayor diferencia visible entre hombres y mujeres era que ellas llevaban un collar alrededor del cuello, el único objeto decorativo que vi durante los dos días que estuvimos en El Cedro. Todos los indígenas eran bajitos, medían como mucho 1,60, y tenían un cráneo amplio. Iban completamente descalzos por un terreno blando que en ciertos lugares estaba tan húmedo que recordaba a las arenas movedizas. El piloto nos explicó que eran indios lacandones y que nos invitaban visitar su poblado a cambio de alguna de nuestras pertenencias.
Estos indios vivían en cabañas de diversas dimensiones pero todas muy parecidas, con techos de hojas de palma sostenidos por diferentes postes de madera. No había ni puertas ni ventanas, tampoco un centro local del poblado, por lo que era imposible saber cual era la vivienda del jefe. Nos pareció todo tan interesante que aceptamos la invitación de uno de los lacandones de quedarnos una noche allí. Ellos parecían entender nuestras palabras, sobre todo cuando les hablaba mi amiga mexicana, y se comunicaban con nosotros enteramente por señas y algunas palabras clave como "dormir". Jade no estaba acuerdo en quedarnos, ya que se rumoreaba que estos indios podían ser caníbales.
—Pero si son extremadamente pacíficos y apenas comen carne —replicó Pierre.
Lo cual tampoco es cierto, porque aunque sólo nos invitaron a saborear un vaso de posol, pasta blanca de maíz y agua, me di cuenta que cazaban monos y aves tropicales de la zona, como guacamayos, tucanes de picos gruesos y papagayos: utilizaban para ello arcos con flechas. El piloto nos dejó un arma antes de marcharse y convencimos a Jade de que así estaríamos a salvo. Habíamos venido bien surtidos de huevos duros y podíamos alimentarnos 24 horas sin tener que depender de nadie..
En ningún momento pasamos miedo, ni siquiera cuando se molestaron al ver la cámara de Magali. Por otra parte se dormía muy mal en las hamacas que nos ofrecieron, colgados al aire libre. Mientras trataba de conciliar el sueño, Pierre nos contó que Diego Rivera era un gran admirador de México y de Zapata, también del salvaje que llevamos dentro, mientras veía a la cultura europea como un fenómeno decadente, en vías de extinción, ya que el futuro, las expresiones verdaderas, la locura que llevamos dentro, estaban en África, Asia y sobre todo América
Al final me dormí sin oír el final de las sabias palabras de Diego Rivera, que en el fondo se sentía inspirado por la cultura azteca, mientras que despertamos con el ruido de los cuernos mayas que los hijos del sol tocaban a los cuatro puntos cardinales justo cuando salía el sol. Me levanté y vi un numeroso grupo de hombres fumando tabaco enrollado en hojas verdes, los niños se acercaban, les dejaban aspirar alguna calada y más tarde olisquear codiciosamente unas enormes flores lilas recién arrancadas de la selva, con gestos sensuales y sagrados que me recordaban las representaciones humanas de algunos bajorrelieves mayas. Nuestros guías y anfitriones desayunaron un vaso de posol antes de emprender el viaje a Bonampak.
Nos guiaron un par de lacandones y por el camino pudimos comprobar lo que ya sospechábamos durante el aterrizaje: esta parte de la selva no era tan atractiva como la de Palenque, ya que consistía en un conjunto de matorrales y arbustos, entre los cuales se eleva algún árbol.
El edificio principal de Bonampak, tenía, como en Palenque, una fachada rectangular, estaba cubierto de vegetación, surgiendo del flanco oriental de una colina boscosa. Los paneles de estuco que recubrían los tres arquitrabes de las puertas de las celdas estaban perfectamente conservados con el rojo y azul tal y como fueron pintados en su tiempo. Los famosos frescos cubrían las paredes de tres celdas, comprendidas en un edificio armonioso, con tintes sagrados que me resultaron muy familiares sin saber por qué. Las figuras pintadas se conservaban de forma irregular y eran sólo parcialmente visibles. La humedad había difuminado las tintas, por lo que el rojo y el negro habían resquebrajado el campo de los demás colores, especialmente el azul, cuyas pocas huellas intactas recordaban a algunas gigantescas mariposas que revoloteaban por la selva. El dibujo era perfecto, como si el artista jugase con la línea para insinuar lo esencial de la anatomía humana. Las figuras en relieve mostraban escenas de ritos religiosos. En uno de los murales se perfilaban tres sacerdotes vistiéndose con la ayuda de varios sirvientes, antes de presidir una gran fiesta. Destacaba el lujo de la indumentaria con grandes penachos de plumas de quetzal, pájaro sagrado de los mayas que hoy se encuentra en vías de extinción.
Por todas partes, entre los matorrales y los árboles, se elevaban otros templetes en ruinas, pero se hacía tarde y debíamos de regresar a la pista de aterrizaje para volver esa misma tarde a Palenque. Cuando estaba llegando el avión, los Nach Winik (hombres verdaderos) empezaron a apropiarse de nuestros objetos: una linterna, el mechero de Pierre, mi bolígrafo, el jersey de Jade, la cámara de Magali. No tuvimos más remedio que darles todo menos la cámara y la pistola del piloto porque no paraban de insistir. Quedamos muy decepcionados de estas personas a priori tan nobles, que disfrutaban a diario de lo poco que tenían y de repente, convirtiéndose al vernos en seres vulgares y envidiosos. Jade les explicó que no llevábamos más cosas encima, pero la próxima vez traeríamos bolígrafos y mecheros para todo el poblado. Y creo que la entendieron porque se despidieron con una amplia sonrisa.
Estábamos muy cansados al volver al hotel de Palenque, pero extasiados por haber visto una de las grandes obras de arte de todos los tiempos en el mismo entorno sagrado en que fueron concebidos. Magali describió el viaje a Birgitte y Alphonse con mucho detalle, mientras que Pierre y Jade conversaron con el dueño de las cabañas. Este hombre de 50 años nos informó que quedaban sólo unos 600 indios lacandones llevaban muchos años en vías de extinción, y sobreviven en pequeñas comunidades a ambos lados de la frontera del río, que divide a México con Guatemala y que se podía cruzar sin ningún problema. Estos indios eran seminómadas, llegaban a un pequeño lugar, quemaban la tierra y cultivaban el maíz durante varios años hasta que ese pedazo de tierra dejaba de ser fértil y buscaban otro terreno más apropiado.
—Podían desplazarse a un terreno en los alrededores —propuso Pierre.
—Prefieren así pasar desapercibidos y evitar problemas con los cazadores de cocodrilos, que les atacan y les roban sus mujeres —aclaró el dueño.
—Pues viven de una forma muy rudimentaria para ser los verdaderos herederos de los mayas, una cultura tan avanzada —comenté.
—Es que lo que vemos en los restos encontrados muestra ante todo la forma de vida en los palacios. La gente normal vivía como ellos, en pequeñas cabañas, ya que los mayas con sus avances en matemáticas y astronomía, nunca desarrollaron una tecnología que mejorase sus condiciones de vida.
— ¿Y se sabe por qué?
—Nunca te lo contarán, ni ahora ni antes. De hecho, eran más comunicativos durante la época de Fray Bartolomé de las Casas, que fue nombrado obispo de Chiapas en 1544. Los indios ya no forman un grupo homogéneo. La mayoría de ellos viste de forma europea, salvo cuando se ponen sus trajes para vender a los turistas, y muchos usan el castellano a diario.
—Pues yo he visto a varios hablar en su lengua —replicó Jade.
—Sí, es cierto. Aún quedan muchos indígenas que conservan su idioma materno. E independientemente de la lengua que utilicen para comunicarse, conservan una forma de vida extremadamente sencilla, incomunicados con el mundo exterior a pesar de contar con una antena de televisión en sus casas. Siguen por ejemplo el horario con la posición del sol. Común en todos ellos es también esa desconfianza ante los blancos y mestizos, ese silencio y cuando les preguntas algo sobre su gente te responden automáticamente: "no se". Usted no podrá nunca convencer a un indio maya que haga algo por dinero. Puede ceder a la fuerza, cuando sabe que no puede luchar contra un rival más poderoso, pero moralmente sigue resistiéndose ya que no comparte ni nuestros propósitos ni nuestro concepto de la vida. A veces no lo muestra, por pura cortesía, pero su realidad es otra.
—Por eso nadie descubrirá jamás el secreto de los mayas, ni cómo crearon su civilización, ni cómo les abandonó el genio creador —concluyó Jade, que en el fondo era igual de discreta con su propio pasado—.Las voces lo protegen y lo convierten en un secreto inviolable.
Pierre interrumpió la conversación para preguntar si era posible volar a Guatemala para ver las ruinas de Tikal, las más impresionantes y posiblemente más antiguas de la zona. El dueño del hotel respondió que la guerra civil en Guatemala había acabado recientemente y era muy pronto para arriesgarse con viaje así.
El resto de los días pasaron muy deprisa, en los alrededores de Palenque, muchos de ellos en compañía de Jade, a pesar de que Alphonse se pegaba a nosotros queriendo conocer más aspectos de la cultura mexicana. Mi amiga le explicaba que Chiapas era una de las regiones más pobres del país, y en caso de convertirse en una zona rica los beneficiados serían los descendientes de los criollos o mestizos, con una mentalidad extremadamente racista, para ni siquiera plantearse un reparto del bienestar común.
Fueron los arqueólogos con sus descubrimientos quienes se preocuparon por los indígenas, sin que ello tuviera gran relevancia en el mundo exterior.
A Jade le salieron las lágrimas de los ojos cuando pronunció estas últimas frases, como si sintiera la gran tragedia de su país, que había sido un pueblo rico y poderoso que se había desintegrado en la nada... en el olvido absoluto.
—Pero tú eres una chica muy lista —dijo Alphonse—. Podrías venirte a Francia, aprender nuestro idioma en seis meses y estudiar en cualquier universidad.
—¿Y por qué tendría que hacer eso?
—Ya sé que no me amas, pero me da una pena tremenda viéndote obligada a trabajar toda tu vida.
—Soy aún muy joven y no quiero dejar México, mi tierra, mi forma de identificarme con la vida. Si me voy a Paris, sé que no volveré, y lo vería como una forma de traición.
—Ya veo, te sientes muy orgullosa de ser mexicana... como si los mayas fueran una gente noble, insuperable —replicó Alphonse con cierta crispación—. Pero eso son patrañas. Muchos de ellos conviven con varias mujeres a lo largo de su vida y se pierden en el alcohol. No existe ningún mundo ideal, sino hombres con falta de afecto y eso pasa en todos los países.
—Así es, el amor no existe más que en las películas —dijo Pierre, que acababa de llegar de un largo paseo con Magali y Brigitte.
—¿Y por qué estás casado con Magali si tienes esa idea del amor?
—Porque es una mujer que vale mucho, que lleva una vida independiente, que no me acosa con sus sermones y tampoco exige demasiado de mí. Una joya que tal vez no haya cuidado lo suficiente, aunque de vez en cuando tengo algún detalle con ella.
—Y también porque me quieres —añadió Magali.
En ese momento se cruzó mi mirada con la de Jade, pero sólo por un segundo, ya que ella bajó enseguida la cabeza.
—Sí, también. En el caso de odiarte, ya nos habríamos separado hace mucho tiempo.
—No, si Pierre en el fondo me quiere, lo que pasa es que se hace el duro.
En esa época yo sabía mucho del enamoramiento y muy poco del amor. Pero una cosa tenía clara: Jade era la mujer de mi vida, siempre lo sería y no me quedé en México porque con todo se me estaba acabando el dinero y aún tenía que volver a Nueva York a tomar el vuelo de vuelta a Europa. No tenía ningún futuro en México, en la situación en que me encontraba entonces, sin oficio ni beneficio, aun hablando cuatro idiomas. Debía volver a Barcelona donde tenía el apoyo de mis padres para replantearme los estudios.
La vuelta se retrasó dos días más de lo previsto y llegué a la estación justo un par de horas antes de la salida del tren para Ciudad Juárez, por lo que la despedida con Pierre, Magali y Jade fue realmente fugaz, ya que se estaba haciendo tarde y ellos querían llegar a tiempo a su hotel. El tren tardó día y medio en llegar al paso fronterizo con el Estado de Arizona en uno de los viajes más aburridos que recuerdo. Me pasé gran parte del tiempo pensando en Jade y la pena de no haber podido hablar en serio con ella. Las únicas ocasiones que nos quedamos a solas, percibí en su mirada que no quería hablar de nuestra inmediata separación, sino de lo bien que nos lo habíamos pasado en Chiapas.
A la mañana siguiente fuimos al
Parque Nacional Cascadas de Agua Azul, que ha adquirido su nombre por el color de las aguas, basado en la formación de sales de magnesio y algunos otros cloruros, que se forman acompañadas de una larga hilera de cascadas prolongadas disueltas entre las rocas como pequeñas partículas de cal. Esta amplia extensión de piedras, agua y naturaleza vivafue decretada como Parque Nacional en 1980, gracias a su gran variedad de plantas y animales, ya que en la zona abundan los árboles de caoba, cedro y zapote, que sirven de hábitat a aves, insectos y pequeños mamíferos.
La cascada Mizol-ha es aún más bella, un largo chorro blanco de 30 metros que cae automáticamente en la laguna, como una inagotable fuente de bondad que se expande en todas las direcciones. Me sentí tan empapado del sudor al llegar a ese lugar aparentemente inhabitado desde el principio de los tiempos, que no pude evitar la tentación de quitarme la ropa y saltar a la laguna, ante la sorpresa de los ahí reunidos, para llegar lo más cerca posible a la cascada hasta formar parte de ella... sin ser consciente del peligro que corría al ser chapoteado por esa enorme masa liquida, cuya singular potencia afectaba sin compasión a la periferia. Me resistí en un principio a los temblores causados por el chorro nadando de espaldas, pero perdí repentina mente el control y desaparecí en las profundidades. Mi sueño de ser parte activa de la naturaleza me convirtió repentinamente en un corcho deforme sin rumbo, dirigido por fuerza superior y desconocida, que finalmente resultó ser i nmensamente generosa, porque viví una experiencia completa sin tardar más de 20 segundos en volver a la superficie con la sonrisa en los labios, como si todo hubiese sido un sueño.
Jade no dijo nada, pero no pudo ocultar el susto que pasó durante mi repentina desaparición y mostró en vez la firme intención de buscar nuevos entornos exóticos a los franceses, por lo que nos llevó a una cueva extremadamente oscura, que iluminó con una linterna para evitar que nos chocásemos con las paredes de caliza. Llegamos a un lugar que parecía una miniatura de la cascada de Mizol-ha, y al observar el techo notamos la presencia cientos de murciélagos que desde arriba contemplaban la vida en una dirección contraria a la nuestra. Nos quedamos mirándolos largo rato como buscando una respuesta: їquién tenía la razón? Seguramente ninguno.
Pasamos un día Ocosingo para visitar las ruinas mayas de Toniná, situadas a unos diez kilómetros de la población, en medio de una cordillera, con un enorme laberinto de épocas, templos, palacios y escalinatas que se fueron creando durante miles de años de obras interminables. Nos impresionó sobre todo la gran pirámide con varias plataformas. Una de ellas acogía al llamado Palacio del Inframundo; en la cuarta se hallaba el Palacio de las Grecas y la Guerra; en la sexta se encontraba el Mural de los Cuatro Soles, que describe la historia de las cuatro eras, siguiendo a los cuatro soles, o eras del mundo a medida que fueron creados o destruidos de la cosmología maya. La séptima plataforma acogía el Templo de los Prisioneros y el Templo del Espejo Humeante, los más elevados de Mesoamérica.
Ocosingo, que en lengua nauhatl (la de los aztecas) significa "Lugar del señor negro", era una ciudad extraña de unos 30.000 habitantes que se encontraba a 900 metros de altura, conocida como un nudo comercial entre tierras altas y bajas con un mercado central muy concurrido, en el que los campesinos de la comarca vendían sus productos y donde oficialmente sólo las mujeres podían comprar. Se encuentra en la zona tzeltal, pero allí viven también indios choles, tzotziles y tojolabiales, lo cual se notaba en el variado colorido de los vestidos de sus habitantes. Visitamos la iglesia de San Jacinto de Polonia, con un bonito interior que trajeron los frailes jesuitas en 1967, según nos explicó un monje que fue tan amable de enseñarnos también las curiosas tumbas que guardaba en la gruta. Nuestro anfitrión me contó que el padre Samuel, el obispo de San Cristóbal, simpatizó con los indios desde que llegó a Chiapas a finales de los años cincuenta, creando al principio escuelas pastorales para los indígenas con el objetivo de propagar la fe en sus comunidades. La Conferencia Episcopal en Medellín en 1968 dio un impulso muy grande a su trabajo.
—Sí, después de esa conferencia se empezó a hablar de la teoría de la liberación. Allí estuvieron también Monseñor Óscar Romero, futuro Arzpobispo de San Salvador, asesinado brutalmente en marzo de 1980 mientras estaba dando una misa —explicó Pierre.
—Monseñor Romero era uno de los guías y amigos del padre Samuel —aclaró el monje—. Era un santo que defendía los derechos de los campesinos y por eso se buscó muchos enemigos. Su muerte causó una gran consternación toda Centroamerica. Por otra parte, la reacción del Vaticano, bajo la influencia de un Papa conservador, fue más bien templada, como si estuviese a favor de los privilegiados.
—¿La Teoría de la Liberación defendía pues los derechos de los pobres? —me preguntó Jade.
—Creo que sí —respondí—. Hace unos años, mi madre me regaló un libro autobiográfico de un obispo catalán llamado Pedro Casaldáliga, que ahora debe estar en algún lugar del Amazonas defendiendo la causa de los campesinos locales.
—Sí, el padre Pedro llegó al Matto Grosso justo a principios de 1968, medio año antes de la conferencia —confirmó el sacerdote.
—Casaldáliga es casi el más célebre de todos estos sacerdotes y obispos, mientras que prácticamente nadie conoce al padre Samuel —comentó Pierre—. Y es que los viajeros del río Amazonas lo han convertido en un entorno sumamente pintoresco, pero pondría la mano en el fuego para afirmar que esto es mucho más bonito.
—El padre Samuel también es consciente de lo que está pasando aquí y ha tomado claramente partido por los pobres, habla fluidamente el tzeltal y el tzotzil, las lenguas indígenas mayoritarias, y se esforzó por conocer a fondo la forma de vida de las culturas que están amenazadas. Mandó traducir el Éxodo al tzeltal. Su forma de trabajo ha cambiado de ser individual y educativo en sus primeros años, a una visión más reflexiva e inspiradora que integra a toda la comunidad. El padre Samuel dirigió así mismo la elaboración de un nuevo catecismo adaptado a la forma de pensar de los indios en las cuatro lenguas principales.
— ¿Y por qué justamente el Éxodo? —pregunté.
—Para que buscaran la tierra prometida.
— ¿Y cual es su tierra prometida?
—Hay zonas de la selva que se pueden cultivar muy bien, mientras que gran parte de la población se concentra en los altos, donde apenas hay tierra productiva. Ya en 1959 emigró una comunidad de tzeltales de Chacoma a las lagunas de Montebello, denominándola Nueva Jerusalén.
—Sí, ya entiendo —dijo Pierre— ¿Y qué tal se os da convertirlos al catolicismo?
—No es tarea fácil, ya que aunque la mayoría de ellos se bautizan, muchos indios no se casan, forman en vez parejas que luego se separan a los pocos años. Se bautizan más que nada porque consideran este sacramento como una ceremonia mágica, capaz de evitarle a un hombre la muerte violenta, porque según ellos, los cristianos no pueden morir de esa manera.
—Pero por lo menos os respetan —repuso Jade.
—Nos respetan en gran medida, porque les hemos defendido desde tiempos muy antiguos contra las imposiciones de los caciques locales. Generalmente somos los únicos que nos hemos preocupado de su salud, ahora y antes tenemos medicinas básicas y les curamos de enfermedades. Nos ven un poco como chamanes a la antigua usanza. Soy consciente de que los indios participan en nuestras ceremonias religiosas con tal de halagarnos. Pero da lo mismo. La dificultad de una misión no justifica el incumplimiento. Al fin y al cabo me he ganado la confianza en un territorio donde el extranjero de piel blanca está considerado como el peor de los hombres, mucho más peligroso que la serpiente cascabel, el vampiro o el jaguar.
"En tiempo de los mayas jugaban de uno a siete peloteros por equipo, dependiendo del tamaño del terreno. La cancha estaba dividida en dos, y se empleaba un esférico de hule no vulcanizado de unos tres kilos, que los jugadores lanzaban de un lado al otro del campo sin objetivo concreto. Ésta debía ser tocada con las nalgas o alguna parte del cuerpo que estuviera permitido, en ningún caso con las manos, los brazos, los pies o las pantorrillas. Los jugadores se iban pasando la pelota y los tantos se obtenían cuando el esférico se recogía o golpeaba con una parte del cuerpo no autorizada; o la pelota quedaba fuera del campo. Cuando alguno de ellos faltaba a esas reglas, el equipo contrario obtenía de uno a cuatro rayas, dependiendo de la gravedad de la infracción. El partido podía durar varias horas y terminaba cuando uno de los jugadores pasaba la pelota por un aro especial, pequeño y llamativo, situado a cierta altura en uno de los lados de la cancha, pero que era difícil de traspasar porque el diámetro de entrada era poco más grande que el de la pelota, por lo que la victoria surgía por un orden divino, como fruto del azar."
Jade continuó hablando de las ruinas:
"El Templo de las Inscripciones debe su nombre a los grandes tableros con inscripciones jeroglíficas, ubicados en el corredor de entrada a su templo, que narran la historia del rey Pakal, sus ancestros y su parentesco con los antiguos dioses mayas.
Este templo tan singular se encuentra encima de una pirámide escalonada, de estructura decorada con relieves. En el interior del templo, una baldosa cubría la escalinata que descendía dentro de la pirámide hasta llegar a la cripta funeraria de Pakal. Tanto el sarcófago y la losa que lo cubre, como los muros de la cripta, están decorados con bajorrelieves de estuco que muestran, entre otras cosas, la muerte de Pakal y su descenso al inframundo, donde toma la identidad de uno de los dos gemelos que, en el Popol Vuh, derrotaron a los señores del inframundo y alcanzaron la inmortalidad. En los jeroglíficos de la cripta, se describen también el origen y los ancestros de Pakal, así como la banda celeste y una serie de deidades mayas. La tumba fue descubierta en 1951, por Alberto Ruz Lhuillier, un arqueólogo mexicano que levantó casualmente una losa del templo y bajó por las escalera hasta llegar a la cripta. El pasadizo estaba cubierto de escombros, a excepción de un conducto mágico que unía el templo con el alma del muerto. Mientras se limpió el pasadizo de escombros, se encontraron primero unas ofrendas, luego un muro y más adentro los restos de unos cuerpos sacrificados. Todo indica que era la cripta de un alto dignatario, enterrado bajo una máscara de mosaico de jade.
Los mayas creían en la existencia de un dios que premiaba a los buenos y castigaba a los malos. Los que cumplían los mandamientos religiosos iban al cielo: un lugar situado a la sombra del "primer árbol del mundo" donde los bienaventurados bebían su ración de cacao. Las propiedades del muerto se consideraban tabú y se enterraban junto a él. Muchos nobles eran incinerados y sus cenizas se guardaban dentro de las estatuillas que representaban su rostro. El asunto de la cripta secreta de Palenque constituye por tanto una misteriosa excepción, ya que las costumbres funerarias del Yucatán eran diferentes."
—Ya, pero esto recuerda un poco a los egipcios, que de alguna manera transmitieron su cultura a Mesoamerica, y que luego evolucionó de una manera diferente —dijo Pierre.
—Ya estás imaginando cosas —replicó Magali.
—Sí y no —añadió Jade—. Hay teorías para todos los gustos. Una de ellas indica que la desaparición de los faraones negros del alto Egipcio coincide con los restos más antiguos de los Olmecas en el golfo de Veracruz, los primeros pobladores conocidos de Mesoamérica, cuyas figuras parecen también de origen africano.
—Curiosa teoría —dijo Magali, no muy convencida—. їY se han encontrado restos parecidos en Palenque?
—Para nada, aquí conservamos principalmente interesantes fragmentos de esculturas con un estilo realista ligeramente exagerado. Alargaban los rostros y deformaban el cráneo para darles a sus figuras un aspecto místico y una fuerza interior que nos hace pensar en los rostros estilizados de El Greco, pintor español del siglo XVII.
"Algunos de los relieves de Palenque, como el Mascarón de la Muerte que custodia la entrada del Templo de la Calavera, o el Sacerdote portador de Ofrendas del Palacio, no tienen comparación en todo el mundo maya."
Los bajorrelieves de Palenque mostraban a mi gusto diferentes expresiones de enfermedad mental... algunas figuras nos miraban fijamente, como si quisieran decirnos algo, como voces que se llaman los unos a los otros y se van intercalando hasta perderse por las alturas.
De hecho, los templos, los frescos y los relieves de Palenque dan la imagen de un arte innovador, llegado a lo más alto de sus posibilidades, de una sociedad que había encontrado una forma mística para expresar sus más profundos sentimientos.
Jade siempre había considerado a los mayas como los personajes más fascinantes de la Historia Universal, tal vez porque se sabe muchas cosas de ellos gracias a los diferentes sistemas de escritura que utilizaron, con dibujos elaborados en relieve bajo formas cuadradas. Su cariño se debe también a que los vio como un pueblo pacífico que no desarrolló un imperio, sino una cultura, con La Gran Madre que data de 3.000 AC como punto de referencia, basada en su organización en ciudades-estado independientes con la agricultura como fundamento, una eficiente organización social, política, religiosa y, en lo económico, practicaban el comercio basado en el trueque pero también utilizando el cacao como moneda. Destacaron también en las bellas artes (plumas, cerámica, escultura y pintura), la arquitectura y las matemáticas. Los mayas no usaban el sistema decimal, sino el vigesimal, agrupaban sus números de 5 en 5 y le daban al cero un valor inusual en su tiempo, lo cual les permitió hacer cálculos con una precisión desconocida en el Viejo Continente.
Antes de volver al hotel visitamos las cascadas de Montepiá, donde la corriente del río ha ido tallando las rocascon el paso del tiempo, formandose figuras curiosas y llamativas por su tamaño.
Esta estética tan desbordante animó a Pierre a planear visitas a otras zonas de Chiapas para ver saltos de agua aún más impresionantes. Pero yo ya estaba demasiado cansado para asmilarlo, por lo que apenas cené, me metí en la habitación y me dormí en diez minutos, despertando al alba.
Me levanté pronto al día siguiente en cuanto salió el sol. Las hojas de los árboles, los arbustos, la misma tierra se cubrió de un rocío tan abundante que parecía lluvia, pero en una hora se había secado todo. Salí de la habitación y vi a Jade en el restaurante, pegada al mono araña.
— ¿Qué tal te fue ayer con Brigitte? —preguntó ella al notar mi presencia.
—Primero bien, pero luego se enfadó porque no quise acceder a sus peticiones.
No nos dio tiempo de seguir hablando porque llegó Magali y preguntó un par de detalles de su libro de viajes y nos turnamos en explicarlo mientras llegaban los otros tres. Pierre, que no olía nada mal con su caro perfume francés, propuso caminar dos kilómetros a través de la jungla para llegar a las ruinas, pero Jade recomendó que no lo hicieran, porque la selva estaba llena de monos, arañas, enormes lagartos, y sobre todo serpientes que podían incluso ser venenosas. Esto asustó mucho a las mujeres, y optaron por desplazarse en el taxi colectivo. Me fijé en las coloridas mariposas y en la gran variedad de flores de la selva antes de aparecer los primeros edificios grisáceos, que parecían dinosaurios inamovibles o tanques petrificados. No había monumentos tan altos como en Teotihuacan, pero impresionaban más por su gran variedad de dimensiones, parcialmente camuflados por las verdes colinas, distanciados entre ellos de forma geométrica, insertados en la jungla, como si la historia podía seguir contándose conforme se escarbaba por el terreno. A Pierre le recordaron las ruinas de Camboya, como las que dibujó Disney para la película "El Libro de la Selva". Centenares de aves de diferentes formas y tamaños volaban por encima, con sonidos guturales que podían confundirse con las voces de los otros visitantes de las excavaciones. El cielo se nublaba muy a menudo y fortalecía ese aire tenebroso que se respiraba, que contrastaba parcialmente con los pequeños caminos con arbolitos que adornaban el recinto, al que se habían atrevido unos cien visitantes, divididos en pequeños grupos, con plena libertad para moverse por todas partes y escalar las pequeñas pirámides.
La tierra era roja y las piedras resultaban blancas y marfileñas desde lejos, por lo que no parecían excesivamente antiguas, tal vez por tener formas rectangulares y un desgaste parecido al de otras ciudades, aunque de forma más exagerada debido a la humedad y el liquen acumulado durante el paso de los siglos, como si no les hubiese dado tiempo aún a los restauradores de embellecerlo de una manera que se adaptase a las ecxpectativas de los turistas, pero que resultase descarada según el punto de vista de los amantes del arte y la vida. Pierre y Magali pertenecían a esa raza condenada a la extinción, y quedaron muy sosprendidos cuando lescontamos que ese lugar fue construido hace más de mil años sin la ayuda de maquinaria alguna, en las profundidades de la jungla que todo lo devora. Jade estaba aún más emocionada y no podía contener las ansias de mostrar sus amplios conocimientos:
"La zona arqueológica de Palenque se encuentra en el valle del río Usumacinta, que separa México de Guatemala. En esa zona, se conservan a ambas orillas del río otros restos del imperio maya que floreció en el siglo VI antes de Cristo, en la época clásica de esta cultura. En el lado mexicano se han encontrado por ejemplo las ruinas de Bonampak y Yachilan.
Palenque alcanzó su máximo esplendor durante el mandato de Pakal o Escudo-Solar que gobernó entre 615 y 683 de nuestra era y continuó bajo su hijo mayor Chan-Bahlúm o Serpiente-Jaguar. Esta ciudad sagrada se perdió pocos años más tarde, de una forma repentina, para reaparecer otra cultura semejante en la Península de Yucatán, con una estética parecida, pero con edificios y esculturas de mayor tamaño. El arte en el valle de Usumacinta se caracteriza por los bajorrelieves de estuco que adornan los arquitrabes de Bonampak y los muros de algunos edificios de Palenque.
El Gran Palacio, la construcción más importante de Palenque, se encuentra a la orilla izquierda del río Otolún. Está edificado sobre una plataforma artificial de 100 metros por 75 tiene una torre de tres pisos y un observatorio astronómico, a los que se accede por una escalera interior, lo cual es un caso único en la arquitectura maya. Allí se han detectado restos de baños a vapor, basados en una piedra mojada que calienta las cabinas. El estilo de estos recintos es muy parecido al de las cabañas más sencillas de los pueblos cercanos, aunque estas construcciones hayan sido elevadas al rango de los palacios. Los templos de la Cruz (luna), del Sol, de las Inscripciones y de la Cruz Follada (estrellas), que se encuentran a la orilla izquierda del río Otolún, tienen una estructura exterior muy semejante: una pirámide artificial con un edificio en la cumbre. Las fachadas de estos edificios fueron decoradas en otro tiempo con vivos colores que ya se han perdido. Se encontaron además varios frisos en los templos de la luna y las estrellas, pero se las llevaron a diferentes museos en el siglo XIX.
En uno de los numerosos patios del Gran Palacio se jugaba a la pelota que, más que una competición entre dos equipos rivales, representaba la lucha y contradicción entre las fuerzas cosmológicas, por lo que tenía tanto significado religioso como político.
— ¿Y no es lo mismo hoy en día? —preguntó Pierre—. La gente canta en los estadios como antes en las iglesias, sobre todo en Reino Unido.
—Y el fútbol tiene para nosotros los europeos un significado que va más allá del juego —continuó Alphonse—. Fue muy humillante perder contra Alemania en el Mundial de España. Ibamos ganando por dos goles y nos remontaron.
—Pero luego nos ganasteis dos años después a los españoles en la final de la Eurocopa. El fútbol guarda además un significado artístico que muy pocos saben valorar —afirmé—. Basta con fijarse en cómo mueve el esférico Jean Tigana, una de las estrellas la selección francesa, con el balón pegado a sus pies como un imán, indudablemente una delicia para la vista.
—No sabía que te gustase el deporte —me dijo Jade—. Para mí el fútbol significa sobre todo eso... una parte de nuestro pasado que debemos conservar como una reliquia.
Se acercó una pareja. Lorenzo y Aurora, que acababan de llegar al hotel. Tenían unos 30 años. Los dos eran morenos, pero de ancestros europeos. Nos preguntaron de dónde éramos.
—Vivo en Barcelona. ¿Y vosotros?
—Somos profesores de México, pero vivimos en la selva desde hace unos años, ya que el aire en la capital se hacía irrespirable.
—Pues ella vive en el mismo centro y no parece tener problemas de salud —comenté indicando a Jade.
—¿En qué universidad estudias? —le preguntó Lorenzo.
—Bueno, es que no pude estudiar porque mis padres no tienen plata.
—¿Lo ven? Se supone que vivimos en un país socialista después de la revolución. Pero el Partido ha ido perdiendo su influencia con el paso de los años a costa de las necesidades de las multinacionales, por lo que ya prácticamente sólo quedan empresas privadas y los hijos de los pobres siguen siendo pobres, ¡y ay de quien proteste!
— ¿Qué pasa? їNo hay libertad de expresión? —pregunté.
—Hasta cierto punto sí. Pero en septiembre de 1968 no sólo mataron a una gran cantidad de estudiantes mexicanos que se estaban manifestando en Tlatelolco, otros desaparecieron misteriosamente, perseguidos por las fuerzas paramilitares, obligando a muchos a salir del país, los que tenían plata, y los que no eramos ricos, o preferimos quedarnos aquí, no tuvimos más remedio que escondernos. Nosotros encontramos refugio en un estado tan olvidado como Chiapas, y parece que finalmente nos han dejado en paz.
— ¿ Y por qué justamente Chiapas?
—Es un mundo aparte con graves problemas. La gente está muy harta de la injusticia social, sobre todo en la zona de Las Cañadas, en medio de la selva.
—Bueno, lo están en todas partes.
—Pero allí más debido a la fuerte emigración como resultado de la construcción de un par de presas hidroeléctricas. Hasta hace poco, México tenía una legislación que permitía el asentamiento y el reconocimiento de derechos agrarios, o derechos sobre territorios no colonizados, a comunidades que lo necesitaban.
—Pero las autoridades les fallaron cambiando las leyes...
—No en un principio. El presidente Díaz Ordaz emitió un decreto presidencial, en el año 1969, para que se legalizara y se regulara la tenencia de tierras a más de 40 comunidades indígenas. Para algunas no supuso ningún cambio, ya que llevaban más de 10 años asentadas, y estaban incluso pidiendo ampliación para las dotaciones de territorios. A pesar de eso, el decreto presidencial no cambió nada en esta región.
—Así que no se respetaron las leyes.
—Efectivamente, pudieron más lo intereses de los mandatarios regionales y sus amigos de la capital. Por si fuera poco, en 1972, el presidente Luis Echevarría nombró a un ministro que emitió un nuevo decreto presidencial, que canceló el anterior, y otorgó 600.000 hectáreas de la selva a 66 cabezas de familia lacandonas, que de la noche a la mañana se convierten los dueños del terrotorio, obligando de la noche a la mañana a unas 2.000 familias tzeltales y choles de 26 comunidades, que llevaban ahí 20 años, a emigrar, ya que se consideraban invasoras de sus propios territorios.
—Seguramente no es la primera ni la última vez que pasa en este país.
—Y lo peor es que lo hicieron para comenzar la explotación de los bosques de la selva, dando órdenes al ejército de que expulsase a los intrusos.
—Pues sí que hay caldo de cultivo.
Llegó Pierre y se puso a hablar con Lorenzo, que dominaba muy bien el francés. Aurora me preguntó unas cosas de España.
—Debe ser un país muy desarrollado.
—Sí, ahí el gobierno está tomando medidas para que todo el mundo pueda estudiar... el problema llegará cuando haya demasiados licenciados y nadie que quiera hacer el trabajo duro.
—Pero eso es un problema positivo, fruto de una evolución social, porque con pocos medios y mucho trabajo se está sacado el país adelante.
—No hay tanta corrupción… esa tal vez sea la clave.
—Por eso en México sólo funcionaría con una nueva revolución que cambiase todo de arriba abajo —dijo Aurora.
— ¿Cómo crees? —preguntó Jade —. Estados Unidos nunca nos dejaría hacerlo.
—Desde que llegó Hernán Cortés, los mexicanos siempre hemos tenido que buscar Occidente como punto de referencia. Esto está cambiando y ahora tenemos la oportunidad de convertirnos en una nueva Cuba o Nicaragua.
— ¿Y cómo pensáis hacer la revolución?
—De momento no hay nada previsto, pero si la empezamos aquí, tenemos que contar con la ayuda de los indígenas, que son los más pobres… de lo contrario no tenemos nada que hacer. De momento tenemos en común la lucha contra los terratenientes locales, pero nosotros defendemos el marxismo y ellos están más influidos por la iglesia católica.
—Eso es imposible —dijo Jade —. Si ni siquiera habláis el mismo idioma.
—Pero nos estamos esforzando por entender su cultura, basada en la familia y en el cultivo del maíz, que se ha visto totalmente trastocada por la evolución tecnológica.
—Pero si Chiapas siempre estuvo muy aislada del resto de México —replicó Jade—. Durante la Colonia perteneció al reino de Guatemala y se anexó a mi país en 1824, después de un referendo en que sólo votaban los mestizos. La gente no tenía entonces ni voz ni voto y sigue viviendo aquí como si se tratara de un país independiente.
—Por eso mismo no llegó aquí la revolución mexicana, no se realizó ninguna reforma agraria y los indios eran y siguen siendo considerados como ciudadanos de segunda clase—comentó Aurora—. Por otra parte, las cosas han ido cambiando a partir de los años cincuenta. Se construyó la carretera que une San Cristóbal con Palenque y otros enclaves de la selva. Hace poco comenzaron a perforar unos campos petrolíferos al sur del estado de Tabasco. También se están abriendo explotaciones de gas natural.
— ¿Cuántas lenguas se hablan en Chiapas? —pregunté.
—No se sabe —respondió Jade—. Apenas se ha estudiado el tema y el gobierno central no ha hecho nada por estas pobres gentes. Oficialmente dominan seis lenguas, la mayoría de ellas procedentes de la cultura maya.
—Muchos de los habitantes de esta zona usan el castellano como segunda o tercera lengua —aclaró Aurora—. Ya que la mayoría no va a la escuela.
—O sea, que hay todavía muchos analfabetos, entre otras cosas porque en la escuela sólo se imparte el castellano.
—No tanto en las ciudades, pero en zonas rurales como esta parte de Chiapas, más de la mitad de los alumnos no terminan los estudios primarios, así que nos queda mucho que hacer en caso de que no prospere la revolución.
Fuimos interrumpidos por Lorenzo que tenía ganas de cenar y la pareja se fue. Pierre nos explicó que los jornaleros de Chiapas cobran muy poco, como 20 pesos al día, menos de los que se paga por dormir una noche en el albergue juvenil de la ciudad de México. Lorenzo tenía por tanto razón en querer rebelarse en este estado tan lejano del centro y a Pierre le dio la impresión que era un buen hombre, dispuesto a exponerse si es necesario
—Bueno, yo también lo sería si me pagasen 20 pesos al día —dijo Alphonse.
—Lorenzo era un profesor de universidad que tenía la vida asegurada, así que no tenía necesidad de venir aquí a luchar por su causa.
—Sí, ya lo sé, es un idealista que no se da cuenta que los mayas también eran enormemente violentos practicando sacrificios humanos.
—De eso sabemos muy poco. Pero siendo así, nosotros los blancos les hemos tratado aún peor.
—Eso no se sabe, nosotros por lo menos no hemos acabado con su etnia.
—Porque los necesitamos como mano de obra y llevamos explotándolos durante varias generaciones. Lo curioso es que los indios nunca se rebelarían por mejorar su nivel de vida, sino por sentirse ofendidos por la sociedad.
— ¿No lo estamos todos de una manera u otra? —cuestionó Alphonse—. Nos preguntamos a menudo por qué el mundo es tan malo sin ser conscientes de que cada uno de nosotros somos parte de ello, tanto de lo bueno como de lo malo.
—Es cierto —repuso Jade—. Pero los indios forman un mundo propio e individual. Están presentes tanto en la vida como en la muerte. Cada hombre es en sí el principio y el fin. Eso lo saben hasta los niños.
—¿Y quién se lo enseña? —preguntó Pierre.
—Nadie. Lo han sabido siempre. Los indios son conscientes de ello cuando nacen. Por eso no esperan nada más que lo que tienen a su alrededor.
— ¿Y entonces para qué rebelarse? —pregunté
—Ese es justamente el problema de Lorenzo —dijo Pierre—. Él me comentó que ha habido algunas rebeliones a lo largo de la historia pero muy pocos cambios.
— ¿No será parte de la irracionalidad mexicana? —preguntó Alphonse.
No volvimos a ver a Lorenzo y Aurora, pero me acordé de ellos durante el resto del viaje. Me daba cierta envidia no estar haciendo algo parecido por ayudar a los más necesitados. Se lo comenté a Jade y ella me dijo que si me hacía químico tendría la posibilidad de buscar remedios contra enfermedades tropicales, lo cual serviría para medjorar las condiciones de vida de una mayor cantidad de personas.
Se estaba haciendo tarde, por lo que volví a mi habitación. Brigitte me estaba esperando en la puerta.
— ¿Qué tal?
—Bien —respondí—, pero estoy cansado. Ha sido un día muy largo.
—¿No te vienes conmigo a tomar una copa? Venga, invito yo.
No pude rechazar la propuesta y hablamos durante una hora en el improvisado bar deldonde estaba el mono.
— ¿Y tú y Jade sois algo más que amigos? —preguntó Brigitte—. Perdona que lo comente. Es que se os ve tan bien conjuntados.
—No, acabamos de conocernos. Estamos como vosotros, descubriendo cosas nuevas.
— ¿Y no te gustaría descubrir más cosas conmigo?
—No, no creo que sea una buena idea.
—Así podrías enseñárselo a Jade. Ella te lo agradecería.
—Siempre y cuando no se entere.
—No tiene por qué. Yo desde luego no se lo pienso decir.
—Ella es muy sensible y se daría cuenta enseguida.
— ¿O simplemente estás tan enamorado que no te gusto? —preguntó Brigitte.
—No es esa la cuestión. Eres una mujer muy atractiva y creo que cualquier hombre estaría dispuesto a estar contigo… pero no puedo.
—No pasa nada. Tú te lo pierdes. Con el tiempo te darás cuenta que ciertas cosas hay que aprovecharlas cuando uno es joven y no guardarlas como un tesoro oculto que termina sumergiéndose en el fondo del mar.
—Pues no creo que todos piensen igual. Fíjate en Lorenzo y Aurora.
—Sí, menudos polvos se estarán echando en honor a la revolución —dijo finalmente Brigitte, se levantó y se fue a su habitación sin despedirse. Yo hice otro tanto y me encontré a Alphonse ya dormido.
En 1984 no se destinaba mucho presupuesto a la arqueología mexicana, por lo que todo el escenario de Palenque era selvático con comidas y bebidas típicas de la región. La gastronomía de Chiapas, basada en plátano, mango, queso, cerdo, pescado y maíz condimentado con especias típicas de la zona, como hojas de achiote, chipilín, hierba santa y chile. También había bebidas especiales, como tazcalate y pozol, hechas a base de maíz y otros granos. Esta última le gustó mucho a Pierre, aunque echase en falta la Coca Cola.
Esa primera tarde nos quedamos paseando alrededor del hotel para respirar aire selvático. Pierre y Brigitte se fueron por su cuenta esperando encontrar una cascada. Alphonse se pegó a Jade, maravillado por su naturalidad a la hora de tratar con el mono, y me pidió que le invitase a nuestra cabaña y que yo me ausentase un rato. Al salir me encontré a Magali, que estaba leyendo un libro de viajes de México y me comentó en alemán la historia de Palenque, que apareció sumergida en medio de la vegetación tropical a principios del siglo XIX. Fue durante siglos una ciudad misteriosa y oculta. Hernán Cortés pasó por la selva, a menos de 50 kilómetros de las ruinas, sin llegar a descubrirlo. Algunos indios revelaron en 1773 su existencia al sacerdote español fray Ramón Ordoñez, quien atribuyó la fundación de la ciudad a los míticos Atlantes. Las noticias no tardaron muchos años en llegar a oídos de la corte española y a la de los demás países europeos y a la de estudiosos británicos que fueron los primeros en organizar excavaciones en la zona.
Por su situación geográfica, en medio de la llanura húmeda, Palenque es uno de los más bellos enclaves del arte maya. Sus edificios están misteriosamente identificados con el paisaje, como si formaran parte de la misma naturaleza húmeda y selvática que les rodea. Se han excavado varios conjuntos de edificios separados por una corriente de agua que fue canalizada por los mayas.
Resulta complicado especificar el origen de los mayas. Sin embargo, podemos definir la cultura maya a través de algunos elementos que los caracterizan: el habitat, que consiste en un territorio de 325.000 kilómetros correspondiente a la República de Guatemala, Belice incluido, parte del este de Honduras, El Salvador y los Estados Unidos mexicanos de Chiapas, Yucatán y Campeche, parte de Tabasco y el territorio de Quintana Roo. La palabra "maya" no era general de toda esa zona cuando llegaron los conquistadores, sino sólo para denominar la península de Yucatán (mayab).
También define a los mayas la lengua que hablaban. Había un tronco lingüístico común, denominado mayense, y una larga serie de variantes dialectales con muchos puntos en común. Por medio de las representaciones encontradas en las excavaciones arqueológicas, es evidente que existía un aspecto físico del maya bastante similar en el mismo territorio. El arqueólogo Thompson describe con entusiasmo la actitud ante la vida y el mundo de esta etnia: la mesura, el equilibrio, la capacidad de ver las cosas en su justa medida, lo cual se refleja también en las expresiones estéticas, en sus conceptos religiosos y en la vestimenta. En determinadas épocas y regiones se notan como rasgos mayas el empleo de su escritura jeroglífica, el uso de enormes monumentos en honor a los fallecidos que muestran también calendarios y la bóveda falsa, o sea, dos muros que se juntan en la parte superior por aproximación de hiladas de piedras. Común es asimismo su incesante afán por investigar todo lo relacionado con los ciclos anuales, hasta crear una especie de filosofía del tiempo. Anexo a lo anterior va su espectacular investigación en el campo de la astronomía y las matemáticas.
Se habla generalmente de tres periodos de cultura maya:
Periodo Preclásico, de 2.000 A.C. a 250 D.C. Se sabe muy poco de ella.
Clásico, de 250 a 900 D.C. Es la época de esplendor en la selva lacondana con Palenque y Tikal como máximos exponentes, dando un enfoque especial a la estética.
Postclásico, de 900 a1550, de la cual se han encontrado restos en la península de Yucatán con sus enormes pirámides y esculturas.
Tuvieron también largos periodos de silencio. A partir del siglo X se establecieron en la Península del Yucatán con grandes ciudades confederadas entre ellas. Todo este esplendor desapareció misteriosamente 300 años después, por lo que al llegar los españoles, se encontraron con ciudades totalmente divididas y con pocas huellas del pasado. Su escritura jeroglífica no nos cuenta nada de la historia de este pueblo y los mejores testimonios guardados se deben a la tradición oral o a la pluma de los misioneros católicos.
Volvió Jade, cansada de la aburrida conversación de Alphonse, y le pregunté por qué era tan importante el maíz para esta cultura. Los campesinos de esta etnia llevan desde hace más de mil años varias bolas de maíz molido para comer cuando salen a trabajar justo antes del amanecer. Cultivan también el pimiento (ajo o chili), el boniato, la mandioca, el avocado y el cacao, que antiguamente les servía para fabricar el chocolate.
El gran problema de la agricultura maya eran las sequías y la consiguiente falta de agua. Eso explica la gran adoración hacia el dios de la lluvia y que ofrecieran los más valiosos, y al mismo tiempo, crueles sacrificios a esta terrible divinidad. Para evitarlo, se construyeron grandes aljibes, o depósitos, en las ciudades.
— ¿Y no podía ser también que las tierras del maíz se desgastan muy deprisa y llega un momento en que un crecimiento fuerte de la población no es sostenible? —le pregunté.
— ¿Y qué tiene eso que ver con la sequía?
—Bueno, no me refería a la sequía, sino a una explicación de cómo estos habitantes aparecían y desaparecían durante periodos.
—Sigo sin entenderte.
—Pues que con la escasez de tierra cultivable llegaba una crisis económica, y de ahí guerras civiles o pugnas entre diferentes ciudades por los recursos naturales. Los pocos que quedaban buscaban tierras más fértiles
— ¿Y por qué volvían?
—Porque después de cientos de años era posible cultivar de nuevo el maíz
—Una teoría muy interesante —dijo Magali y se levantó porque acababa de volver Pierre.
Me quedé solo con Jade y como se hizo demasiado profundo el silencio le pregunté qué tal le había ido con Alphonse.
—Fue todo un caballero, aunque un tanto convencional. Sólo me enseñó lo que tenía en la habitación.
—Ya veo que te gustaba ese chico. Es tan formal.
—Te equivocas. A mí los franceses no me gustan nada. Todos huelen muy mal. їY a ti qué tal te fue con Magali? їNo os habré interrumpido en algo?
—Magali es una mujer estupenda, pero mucho más mayor que yo y además está casada.
—Brigitte es soltera y parece estar colada por ti. Debió irse con Pierre para darte celos.
—También me cae bien, pero yo no me acostaría con una mujer por el simple placer, que es lo que ella busca.
— ¿Y por qué? —preguntó Jade.
—Eso no tiene sentido. Tiene que haber algo más entre dos personas para dejarse llevar de esa manera y perder los estribos. ¿Por qué te ríes, Jade?
—No, por nada.
Palenque
La realidad, por lo visto, se dice, es rica en golpes bajos, no en grandes hazañas.
Sergio Pitol - Vals de Mefisto
Jade estaba encantada con la idea de hacer ese viaje, y sobre todo de visitar Palenque, después de recibir la propuesta de Pierre: le pagaba por una semana lo mismo que recibiría como recepcionista en una oficina, mas gastos de desplazamiento, comida y hotel ¿Qué más podía pedirle a la vida?
A mi amiga le fascinaba la posibilidad de impresionar a todos esos extranjeros con alguna aventura exótica llena de peligros en la selva virgen, entre cascadas, lluvias torrenciales de agua tibia, murciélagos, tarántulas que los lugareños llaman "cuenta cacao", iguanas que podían aparecer una mañana agarradas a la cabecera de su cama, y que hasta moverse tomarían la forma de figuras talladas en madera. Jade soñaba también con encontrar ruinas inexploradas con inscripciones desconocidas y dibujos de sacrificios humanos, bajo el ruidoso canto de las grullas; el silbido de las peligrosas anacondas y las carcajadas los monos araña, dispuestos a quitarnos las mochilas.
Pierre optó por un desplazamiento a Oaxaca en tren nocturno y de allí tomar un autobús a la población de Palenque, que se encuentra a ocho kilómetros de las ruinas. En realidad habría resultado más cómodo seguir otras vías férreas y bajarnos en Villahermosa, Tabasco, que era lo más normal para los viajeros norteamericanos, que ya utilizaban a Cancún como centro neurálgico. De hecho, un viajero con quien hablé unas semanas antes en el albergue de Nueva Orleáns me explicó que la forma más rápida para llegar al mundo maya era volar directamente a Cancún en un barato vuelo charter.
Pero yo había tenido en mente el trayecto que elegimos finalmente un mes antes de entrar México, ya que tanto en Oaxaca como en Palenque había albergues juveniles según el libro que llevaba en la mochila. También me rondaba por la cabeza The Last Lords of Palenque, el título de un libro que soñaba con finalizar algún día por si no estuviera escrito.
Comenzaba así el gran viaje de mi vida. La estación de ferrocarriles de México estaba repleta de viajeros haciendo cola en los andenes con sus billetes sin reserva, para ocupar una plaza en uno de sus vagones de tercera en cuanto entrase el tren, mientras que nosotros podíamos llegar a última hora y ocupar cómodamente nuestros asientos con litera para llegar descansados a Oaxaca a primera hora de la mañana. Era una ciudad alegre que conservaba varias calles empedradas con cantera verde, pequeñas casas decoradas al estilo colonial y una plaza central vibrante de gentío y buena música con baile incluido. Mientras pasábamos por el centro de esta ciudad tan variopinta se preparaban las tehuanas dentro del colorido espectáculo de la Guelaguetza. Comimos mole negro preparado en ollas de barro negro, propuesto por Jade, que ninguno terminó porque se trataba de un plato demasiado picante. Mi amiga me contó que Oaxaca es el estado con mayor número de comunidades autóctonas no integradas, por lo que hace 25 años la cuarta parte de su población no hablaba el castellano.
Después de comer nos desplazamos en autobús hasta San Cristóbal, en tierras altas, la antigua capital de Chiapas, una ciudad que también conserva su encanto colonial, pero tenía muchos rasgos indios, sobre todo en sus trajes típicos, llenos de colores, variaciones y figuras mitológicas, diseños aparentemente abstractos, que en realidad eran imágenes estilizadas de serpientes, ranas, mariposas, aves, santos y otros seres.
—Algunos motivos tienen funciones mágicas y religiosas —nos explicaba Jade—, por ejemplo, los escorpiones, que creen atraer a los rayos, y de esa manera provocan la lluvia.
Cuando cruzas esta zona por la carretera sólo encuentras pequeños pueblos que parecen consistir en una calle con cuatro casas, pero en su periferia se mueve un rico mundo ancestral, basado en la religión y en el cultivo del maíz. La comarca alrededor de San Cristóbal está habitada por sencillas poblaciones tzeltales, cada una de ellas cuenta con un pozo como centro neurálgico, alrededor del cual se ven cabañas dispersas, un huerto sembrado de alubias, un molino de dos piedras para el maíz. Dentro de cada cabaña hay un horno de tres piedras, una cruz, flores y en varios casos un árbol genealógico. La imagen de la rana es muy común, ya que simboliza el agua. De hecho, la presencia de sapos en los riachuelos cercanos es señal de que va a llover.
Había un mono araña amarrado con una cuerda en el habitáculo de la recepción que se distraía al colgarse de un enorme árbol y de los mástiles de madera de la cabaña. Los dueños le habían tomado cariño a su Monico, así lo llamaban. Estaba asustadísimo, sobre todo cuando llegaron seis personas tan ruidosas de golpe, por lo que se agarró con brazos, piernas y cola en las partes más elevadas para que nadie pudiera alcanzarlo, ni los que lo trataban de darle de comer. El dueño nos dijo que el mono apenas tenía dos meses, que su mamá había fallecido en el parto y por eso decidieron adoptarle. Le observamos detenidamente durante un rato, hasta que la mayoría de los turistas empezaron a aburrirse y se fueron, pero Jade se quedó mirándolo fijamente, queriendo saber cómo se agarraba las ramas sin resbalarse ni clavarse una astilla.
Los franceses me llamaron para traducir las explicaciones prácticas del dueño del lugar y Jade se quedó un momento sola. Monico se descolgó entonces de una liana y fue a parar a su lado. Se quedó mirándola con aún mayor intensidad, se sorprendió un poco, pero estaba tan fascinada que no dio ni un solo paso, después de todo se trataba de un bebé. Magali y Brigitte corrieron a socorrerla y Monico huyó de nuevo agarrando la liana con sus largos brazos y dos segundos después estaba de nuevo a salvo en lo más alto de la cabaña.
Los norteamericanos hicieron una mueca de desagrado, los franceses se fueron a comer, hice señales a Jade para que nos acompañase, pero ella se quedó esperando a ver si Monico se animaba nuevamente a bajar. Lo hizo después de que mi amiga extendiese su mano con ánimos de tocarlo. Ella siguió observando, juntaron sus dedos, el mono tocó su cabello y se abrazó a ella en un movimiento rapidísimo. Le rodeó el cuello y la cabeza con sus enormes brazos, rodeó las piernas con sus largas patas y enredó su cola en la cintura mientras hurgaba en el cabello con sus manos y olisqueaba por todo el cuerpo.
Todos querían reírse, pero sabían que Monico volvería a huir si lo hacían, así que ella les hizo señas de que guardaran silencio.
Para entonces el mono araña ya no le tenía miedo a mi amiga, el dueño se acercó cuidadosamente y lo soltó, por lo que Monico era libre de marcharse, pero no lo hizo. Jade tocó su pelaje para saber cómo se sentía, era suave y terso, muy limpio; también tomó sus manitas con sus largos dedos y tocó sus palmas y las plantas de sus patas para palpar esa consistencia de ventosa que le permite moverse por las ramas sin resbalar. El mono investigaba toda la superficie de Jade: sus cejas, sus dientes, sus pestañas, los vellos de sus brazos, los lunares de sus hombros. Hasta sus vacunas le llamaron la atención, las oprimía como si fueran interruptores esperando que algo interesante fuera a ocurrir.
La situación se volvió desesperante porque Monico no la dejaba salir de sus garras. Jade no había comido desde que llegamos a San Cristobal, llevaba horas ahí atrapada y tenía hambre. Cuando alguien se acercaba (especialmente yo, que estaba muy pendiente), el pequeño mono comenzaba a aullar para alejar a todos. Tampoco podíamos llevarle comida porque Monico se ponía como loco. Hasta que a Jade le dieron ganas de ir al baño y su paciencia se agotó por completo. Pedí ayuda a los franceses y tuvimos que quitarle a Monico entre los cinco (uno para cada pata y otro para la cola). El mono se quedó chillando desesperado mientras Jade se encerraba en el baño pensando qué la pasaría si la atrapase una anaconda.
Desde San Cristobal nos desplazamos en dos taxis colectivos al corazón de la selva lacondiana, como se le denomina a esta zona, que empieza a pocos kilómetros de la antigua capital de Chiapas, marcando un cambio espectacular del paisaje, y termina en Guatemala. El viento soplaba fuerte durante el espléndido recorrido final que terminaba en medio de la jungla. El hotel recomendado por Jade consistía en un grupo de cabañas que se encontraba relativamente cerca de las ruinas. Llegamos justo cuando anochecía y nos encontramos con un pequeño grupo de turistas estadounidenses en la cabaña central, con techo de palma, donde estaba la recepción y el comedor. Le ayudé a Pierr con la traducción y así pude comprobar que cobraban 20 dólares por noche y persona. Cada habitáculo tenía dos recámaras, Pierre y Magali ocuparon una, yo compartí habitación con Alphonse y Brigitte se acomodó en la cabaña de Jade. Lo más impresionante era ver la selva desde la ventana, sin mosquitera, sonorizada con el canto natural de las aves y el zumbido de los miles de insectos, que nos rodeaban.Et puisque cette magie a été prevue et décrite dans les livres, la difference illusoire qu’elle introduit, ne sera jamais qu’une similitude enchantée.
Michel Foucault – Les Mots et les Choses
Los franceses pasaron a recogernos temprano, enfrente del museo de Arqueología, en la furgoneta para seis que había alquilado Pierre y salimos enseguida hacia las Pirámides de Teotihuacan, un viaje que duró más de una hora por culpa del intenso tráfico por las avenidas de la ciudad.
Llegamos los primeros a la ciudad arqueológica, por lo que nos encontramos con un vendedor que nos ofrecía unas mascarillas en miniatura de piedra, como si los hubiese encontrado en la zona arqueológica y nos ofreciese una reliquia del pasado.
—En ese caso vamos a tener problemas para sacarlo del país —le comenté al vendedor.
—¿Por qué?
—Porque está prohibido apoderarse de un patrimonio de la humanidad.
—Esto es México y aquí todo es posible.
—No, no me quiero arriesgar.
—Está bien, te lo vendo a mitad de precio —me suplicó el vendedor—. Esto me dará suerte para el resto del día.
La verdad es que la pieza era muy bonita y podría ser un recuerdo para toda la vida, pero aún me acordaba de las trabas que me pusieron las autoridades mexicanas en el paso fronterizo. Me quisieron cobrar entonces una larga serie de impuestos dependiendo en los días que iba a estar dentro del país. Lo más seguro es que me registrarían y quitarían la pieza al salir, y con toda la razón del mundo. Los franceses no creían que fuese auténtico. Jade prefería no opinar, tenía ganas de comenzar su charla sobre Teotihuacan para impresionar a los franceses:
"Estos no son los restos de los primeros pobladores de Mesoamérica, pero si los rastros más visibles de una de sus mejores épocas. Cuando los aztecas llegaron al Altiplano a principios del siglo XIV, encontraron un inmenso centro religioso abandonado al que denominaron Teotihuacan. Tal fue su impresión ante la grandeza del lugar, que mis antepasados pensaron que había sido construido por gigantes e idearon el mito de que ahí se habían reunido los dioses para asegurar la existencia del mundo. La reacción de los aztecas no fue desmedida tomando en cuenta los restos que quedan 600 años más tarde.
El conjunto ceremonial está formado por dos grandes pirámides, la del Sol y la de la Luna y por templos, plataformas y lugares de residencia distribuidos a ambos lados de la larga Calzada de los Muertos. El edificio mayor, la Pirámide del Sol, mide 215 metros de largo, es la edificación más grandiosa de Mesoamérica, con una base comparable a la de las grandiosas pirámides egipcias."
Al emprender el camino hacia a la cumbre de la Pirámide del Sol, Pierre me hizo una señal de que él y Alphonse preferían esperar abajo en vista de la cantidad de escaleras que nos separaban de la cima.
Conforme subíamos, se divisaban los grandes espacios que la rodeaban, los diferentes templos por un lado y un amplio paisaje verde, de tierra fértil, como en las mejores épocas, que terminaba en una cordillera. Llegamos cuando el sol estaba en lo más alto y la fuerza de sus rayos cambió el estado de ánimo de Jade. Su presión arterial siempre había sido demasiado baja, por lo que se desmayaba ante cualquier pequeño desfase. Padecía además hipoglucemia (insuficiencia de azúcar en la sangre, lo contrario de la diabetes) a causa de su mala alimentación de adolescente, obsesionada por adelgazar, y últimamente por no comer con tal de ahorrar.
Jade se desmayó en cuanto llegó a la pequeña plataforma en la cima de la pirámide. Yo no sabía que hacer y me quedé paralizado de puro nerviosismo. Birgitte era más consciente de lo que le estaba pasando a mi amiga y pidió comida con mucha azúcar a los otros visitantes para reanimarla, mientras que Magali buscaba medicación en los bolsillos de Jade y encontró una tableta de chocolate. Fue muy complicado dárselo porque el cacao se había derretido con el calor y todos nos manchamos las manos.
Un grupo de indígenas se habían puesto de rodillas a adorar al sol, el dios más perfecto de la historia de la tierra, nuestro centro y fuente de calor, y sus oraciones debieron ayudar a Jade a reanimarse. Mi amiga sentía que todo le daba vueltas al abrir los ojos, no tenía idea donde estaba, sólo veía los rostros asustados de dos mujeres conocidas hablando en un idioma extraño, tranquilizándose tan sólo cuando vio unas manos negras y escuchó mi voz:
—¿Qué tal, ya te sientes mejor Jade? ¿Necesitas algo? Pídeme cualquier cosa y te la traigo.
Jade me miró como diciendo:
"Trae algo muy dulce, como el xocolatl que acabo de tomar, como uno de tus poemas, o mejor aún, dame un beso como los que has alargado tantas veces en mis sueños, un beso de tus labios repletos de miel y cacao... eso realmente me haría sentir mucho mejor."
Pero todo eran imaginaciones mías.
Magali y Brigitte sugirieron que la ayudásemos entre los tres a bajar de la pirámide, pero sólo la idea de tenerse que mover de ahí, le provocó un vértigo brutal, Jade se vio a sí misma rodando escaleras abajo y llegando a tierra rota y ensangrentada. No... no lo permitiría, les pidió que la dejaran descansar para recuperar sus fuerzas y terminaría bajando ella sola.
Esperamos media hora, mientras disfrutábamos de la enorme vista del recinto y de los alrededores. Sentí realmente el impulso de ponerme de rodillas y dar gracias al sol, lastima que estuviésemos acompañados de amigos y extraños. Jade decidió finalmente emprender el camino de vuelta, con pequeños pasos metódicos, sin prisas, apoyándose en mi y con Brigitte delante, mientras que Magali bajó más deprisa para explicarles a Pierre y a su hermano lo que había pasado. Con todo habíamos estado tres horas en la pirámide y volvimos a la ciudad de México nada más pisar tierra firme. Magali habló en el coche de hacer una excursión de varios días a Palenque, unas ruinas situado más al sur, en el estado de Chiapas, que habían sido excavadas en el siglo XX. Yo y Brigitte estábamos entusiasmados con la idea. A Alphonse no le hacía mucha gracia, pero el viaje a México era un regalo de Pierre a Magali y no podía negarse. Jade dijo que no podía acompañarnos porque encontraría trabajo cualquier día de esos.
—Venga, Jade —dijo Pierre en francés mientras yo traducía—. Sin ti no nos vamos a enterar ni de la mitad de lo que vemos.
—ЎQué va! Si Tomás también sabe mucho. Sólo que no se atreve a hablar.
—Pero tú eres de aquí —replicó Magali—. Sin ti no sería lo mismo.
—Es que tengo trabajo —dijo Jade.
—Si aún no lo has encontrado —repliqué.
—Pero en cualquier momento me pueden llamar y además tengo más entrevistas la semana que viene.
— ¿Y cuánto te pagarían por esos trabajos? —preguntó Pierre después de escuchar mi traducción.
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toshibo49's journal